Llegué tarde al colegio tres días seguidos porque no tenía tiempo de desayunar.
El miércoles, mi profesora me miró con esa cara que ponen los adultos cuando están más preocupados que enfadados.
—Lucy, ¿has desayunado hoy?
—No, señorita. No me dio tiempo.
—¿Y ayer?
—Tampoco.
Esa tarde le conté a mi madre el problema.
—Siempre llego tarde porque no desayuno. Y cuando no desayuno, me mareo en clase. Pero por las mañanas no tengo tiempo de sentarme a comer cereales o tostadas.
Mi madre sonrió.
—¿Y si en lugar de sentarte a desayunar... te llevaras el desayuno contigo?
—¿Cómo?
—Un batido. Tres minutos, te lo llevas en un vaso, y tienes energía hasta el recreo.
Esa noche no pude dormir pensando en mi batido perfecto.
El jueves por la mañana hice mi primer experimento. Saqué la batidora. Puse un plátano y leche. Probé. Sabía a... plátano con leche. Normal. Añadí una cucharada de cacao. ¡Mejor! Pero le faltaba algo.
Vi el bote de avena en la despensa. Eché dos cucharadas. Batí. Probé.
Y ahí estaba.
Sabía a batido de chocolate, pero cremoso, que llenaba de verdad. Lo eché en un vaso térmico y me lo llevé al colegio.
Ese día llegué PUNTUAL. Y en clase de mates a las 11, cuando normalmente tenía hambre, estaba perfectamente concentrada.
Durante las siguientes semanas, el batido se convirtió en mi ritual. Tres minutos exactos cada mañana.
Un lunes, mi mejor amiga Claudia llegó agotada.
—No he dormido nada estudiando. Estoy muerta de hambre.
Le conté lo de mi batido. Se rio. "¿Un batido va a cambiar mi vida? Venga ya."
—Te reto a que lo pruebes una semana. Si no funciona, te compro croissants un mes entero.
Una semana después me mandó un mensaje: "Necesito la receta EXACTA. Esto es magia."
Empezó a correr la voz. Primero Claudia. Luego Pablo. Luego medio curso. Todos querían el Batido Revolucionario de Lucy.
Algunos le añadían fresas. Otros mantequilla de cacahuete. Cada uno lo adaptaba, pero la base era siempre la misma: plátano, leche, cacao, avena.